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02.

EL RASTRO DEL OFICIO

Por Estudio SIRU

A SIRU lo conforman dos cabezas, cabezas que piensan diferente, pero se encuentran. Se encuentran en el choque de ideas que luchan, desentonan, se escuchan y toman forma. Forma que se transforma en mesa, silla, mueble, pieza, objeto. Objeto que no necesita gritar para que lo escuchen, hablar para que lo entiendan, hacer ruido para llenar el silencio. 

LENCIO QUE HACE 

S

I

R

U

IDO POR EL SIMPLE HECHO DE EXISTIR

Había aprendido a distinguir los árboles antes de saber sus nombres. No por estudio, sino por tiempo — por haber crecido entre ellos, por haberlos visto caer y volver. Respetar algo y conocerlo vivo no es lo mismo. Uno lo entiende después, cuando ya tiene las manos encima.

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— Trabajar con madera es diferente cuando sabes lo que fue. Cuánto tardó. Lo que representa. Cambia la forma en que la tocas, la cortas, la aprovechas.

Silencio. — Ya sé lo que soy. Pero no termino de dejar de buscarme. El tigre no se hace esa pregunta. La piedra tampoco. ¿Quién estará más tranquilo?

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El amarillo de ciertos árboles en primavera siempre le traía a alguien a la mente. Una figura. Una voz que llegó antes que el oficio mismo y lo fue moldeando sin que se diera cuenta. Una guía. Un ejemplo. Un apoyo.

— Uno aprende del que sabe más, y después enseña lo que sabe. Así es como crece esto.

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Lo escuchó. Pensó en Barthes — en esa idea de que la vida está hecha a base de pequeñas soledades. En todo lo que no se dice pero igual se pasa de mano en mano. En el primer corte bien hecho, en el silencio de quien observa y ya sabe, en lo que se hereda sin nombrarse. El oficio no nace solo — alguien mostró el primer trazo, la primera vez que la madera respondió bien. Y en algún punto, sin que se anuncie, uno se convierte en ese alguien para otro. Así crece el oficio.

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Levantó las manos, las miró como quien lee algo escrito en un idioma propio. Cicatrices, callos, el rastro de lo aprendido a fuerza de error. Las astillas que de niño eran drama, hoy simplemente el día. Le vino a la mente Rulfo — ese pueblo lleno de voces que no terminaban de irse, murmullos que seguían ahí aunque nadie los convocara. El oficio era igual. Cada pieza cargaba algo de quien la hizo.

— Y diseñar jardines es, en parte, devolver algo de lo que el oficio toma.

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